Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo soy Jehová, Dios tuyo, que te enseña provechosamente, Que te encamina por el camino que debes seguir. I SAÍAS 48.17, RV A

Anidada entre las dos montañas de Mauna Kea y Mauna Loa, Hilo es una de las más hermosas ciudades de las islas hawaianas. Al este yace una bahía natural que dio bienvenida a los primeros misioneros a Hawai. Situada al pie de estas dos imponentes montañas, Hilo recibe lluvias constantes que le otorgan el título de la ciudad de mayor lluvia en los Estados Unidos, con una precipitación anual promedio de más de 304 centímetros cúbicos.

Hilo también tiene algunas de las más bellas personas en el mundo. Son hombres y mujeres que aman la diversión, orientados a la relación con mucho aloha , o amor mutuo. Esta gente disfruta de los deportes, la pesca, la comida, la música y la risa. Uno de los deportes más populares en las islas son las competencias de canoas a remos.

En este deporte, seis remeros componen la sala de máquinas de una canoa, del tipo que atravesaba las islas hace más de 200 años atrás. Aunque navegar una de estas canoas antiguas parezca juego de niños, la técnica misma requiere mucho más de lo que se puede apreciar con el ojo. Un verano, seis de nosotros de la iglesia, recibimos una invitación para competir como embarcación en la siguiente carrera de canoas. Ávidos de algo nuevo, aceptamos la invitación y de inmediato buscamos un instructor de canotaje de un club cercano. Comenzamos nuestras primeras lecciones en un lago de agua salada. Nuestro instructor se sentó en la proa de la canoa, de frente, dándonos señales e instrucciones. Una vez que tomamos nuestras posiciones comenzó la primera lección. «¡OK, todos!», gritó. «Así se sostiene el remo».

Entonces modeló la forma correcta. Mientras dilucidábamos cuál punta debíamos sostener, y con cuál mano, él continuó instruyéndonos. «Remaremos nuestro primer trecho de agua. Será un trecho de un octavo de milla (201 metros). Cuando yo inicie el cronómetro y diga: “¡Ya!”, ustedes remen lo más rápido posible y tan fuerte como puedan. Cuando crucemos la línea de llegada, yo les dejaré saber. Sólo entonces pueden dejar de remar. ¿Entendido?»

¿Qué tan difícil puede ser esto?, pensé. Hasta los niños reman en canoas. ¡Esto será pan comido! Justo entonces, la vigorosa y penetrante llamada de nuestro entrenador destrozó mis pensamientos autosuficientes. «¿Ho’omakaukau? ¡I mua!» En español eso significa: «¿Listos? ¡Ya!» Con nuestros músculos dilatados y los tendones tensados, salimos de nuestra posición de partida cual elefante que se ahoga, jadeando por obtener aire.

Azotábamos el agua con nuestros remos por ambos lados de la canoa. Sin saber cuándo cambiar de lado, pensamos que tenía sentido lo hiciéramos cuando un brazo se cansara. De modo que, remando a discreción, crucé el filo de mi remo por encima de la canoa y, al hacerlo, le raspé la espalda a uno de los remeros sentado directamente frente a mí. Él me gruñó, mientras mi remo le trazó una marca roja en su espalda. Pero ninguno de nosotros se detuvo. Sólo seguíamos agitando salvajemente nuestros brazos como patinadores amateurs, tratando de recobrar el equilibrio. ¡Estábamos en una cruzada!

Pero pronto sentimos como si hubieran pasado horas. Comencé a sentir mis brazos pesados y mis pulmones como que les hubieran prendido fuego. La espalda de mi compañero había comenzado a sangrar y el agua había llenado nuestra canoa hasta la mitad.

El elefante estaba comenzando a hundirse, cuando finalmente oímos a nuestro entrenador decir: «OK, ¡deténganse!» ¡Gracias a Dios! , pensé. Abandonamos la canoa que se hundía y dejamos caer nuestros cuerpos al agua, totalmente exhaustos. «Un minuto, cuarenta y dos segundos», dijo nuestro entrenador. «¡Bastante triste!» Como guerreros deshechos, nos confortamos unos a otros, disculpándonos por las raspaduras y heridas infligidas al agitar nuestros remos. Empezamos a sacar el agua de nuestra pesada canoa, que ahora se parecía más a un submarino que a una veloz nave de carrera. El entrenador reunió a los novatos llorosos y, luego de compartir algunos puntos básicos sobre seguridad, nos enseñó a remar como equipo. Cada remero inmaduro debía reflejar al hombre enfrente de él, y todos debían moverse a tiempo con el remero líder.

El entrenador nos enseñó a cambiar el remo de mano sin herir a otros. Practicamos juntos nuevamente hasta que nuestro movimiento se hizo tan rítmico como un metrónomo. ¡Comenzábamos a vernos bien! Luego de algunas vueltas de ensayo, el entrenador nos llevó de regreso a nuestra posición inicial. «Bueno», dijo: «¡intentemos el mismo trecho de un octavo de milla de nuevo! Sólo que esta vez, quiero que remen como si estuvieran tomando un paseo sin prisas por el parque. Nada de carreras. Sólo copien a quien está frente a ustedes y cambien con una suave cadencia de ritmo, tal como les fue enseñado. Remen como un equipo. Sientan el movimiento de la canoa.

Es como andar en patineta. Una vez que estén andando, sólo mantengan el patinar. Y no traten de romper ninguna barrera de sonido esta vez, ¿OK?» Con nueva confianza, tomamos nuestras marcas. El entrenador vociferó su señal inicial. «¿ Ho’omakaukau? ¡I mua!» Nuestros remos silenciosamente penetraron el agua, coordinados en tiempo perfecto. Nuestra canoa cortó el agua como cuando un cuchillo atraviesa la gelatina. Cambiamos de lado sin perder un compás. Cada uno de nosotros reflejó al remero enfrente de sí.

De alguna manera, en sólo unos pocos minutos, ¡habíamos sido transformados de un animal de circo a una máquina de precisión! Entonces, cuando comenzábamos a sentir el regocijo de nuestro suave progreso, nuestro jubiloso entrenador gritó: «¡OK! ¡Dejen de remar!» Este arribo antes de lo esperado nos tomó a todos por sorpresa. «¿Alguno cansado?» Todos meneamos nuestras cabezas expresando que no. El entrenador alzó su cronómetro para que pudiéramos ver la verdad. Luego exclamó: «¡Batieron su marca anterior por veinticuatro segundos!» No lo podíamos creer. ¿Nadie herido? ¿Nadie en el agua? ¿Nadie lo suficientemente exhausto para desplomarse? ¿Ninguna canoa inundada con agua? ¿Nada de fuego en mis pulmones?

Con absoluto delito nos felicitamos unos a otros, dimos unos cuantos gritos de victoria, intercambiamos collares hawaianos y nos tomamos fotos ¡Esto era grandioso!

Y lo hicimos juntos. Habíamos remado como un equipo.

DISEÑADOS UNOS PARA OTROS

Dios nunca nos habría dado la Gran Comisión, de ir al mundo y predicar el evangelio, si jamás hubiera tenido la intención de que nosotros realmente avanzáramos. Pedro nos dice que el Señor no quiere que «ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3.9). Dios jamás diría tal cosa si no fuera posible. Nosotros, todos, somos llamados a esta gran tarea, pero ninguno de nosotros puede hacerlo solo. Ningún pastor puede, por sí solo, llevar a cabo tal llamado, sin importar cuán dotado sea. A menos que cada uno de nosotros agarre el fuego, a la larga nos faltará el calor contra la frialdad de la era presente.

Pocas cosas le son a Dios más hermosas que ver a Su pueblo servir y trabajar juntos en armonía. Es como una sinfonía a Sus oídos. Así es como fuimos creados para funcionar. Dios nos diseñó para necesitarnos los unos a los otros. Para alcanzar a nuestras comunidades, y mucho más aun al mundo, necesitamos que cada ministerio haga su parte y a cada congregación entusiasmada haciendo el trabajo de la iglesia en equipo.

REMANDO JUNTOS CON UN MISMO PROPÓSITO

Tal como remar una canoa, Dios diseñó a Su pueblo para que remen juntos con un mismo propósito. Él ha diseñado cada iglesia con un propósito especial, y planea saturar el cumplimiento de ese propósito con gozo. A los efectos de que esto suceda, Dios nos ha dado a cada uno un don único. La combinación de nuestros dones trabajando en sincronía debería dar tal radiación de gozo que el mundo entero se ponga de pie y lo advierta. Dios nos ha dado a cada uno un remo, un don, un llamado. Y, tal como los remeros en una canoa, cada uno de nosotros tiene un lugar vital para servir o un rol único para llevar a cabo.

En cada remo está nuestra huella, nuestro propio circuito individual, diseñado por Dios mismo. Él nos coloca a cada uno de nosotros en una comunidad, más específicamente, en una iglesia local, con un propósito divino. Él nos encaja al lado de otros con una misión similar y nos llama familia, equipo, Iglesia. Ninguna persona es llamada a cumplir su misión sola; Dios no lo diseñó de esa manera. ¡Él nos creó para hacer el trabajo de la iglesia en equipo! Una sinfonía completa bajo la dirección de un maestro conductor sonará siempre infinitamente mejor que una banda de un hombre solo. Mientras descubrimos y desarrollamos nuestros dones espirituales y aprendemos a remar en ritmo como equipo, nos asombraremos de cuanto más lejos y más rápido iremos, ¡y con menos heridas! Ahora, continúa conmigo en una aventura que puede transformar iglesias. Renovará tu pensar como lo hizo con el mío.

«¿Ho’omakaukau? ¡I mua!» (¿Listos? ¡Adelante!)

Extracto del Libro: “La Iglesia como un Equipo” de Wayne Cordeiro